ENSAYO FINAL
PRIMER BORRADOR
PRIMER BORRADOR
Meu irmão
La vida en familia como primera
institución social puede llegar a ser rutinaria, sistemática e incluso bastante
predecible. Desde que tengo memoria he convivido con mis padres. Mi madre
Elizabeth Escobar, una caleña de cincuenta y tantos años que parece de treinta,
con una personalidad burbujeante, una risa contagiosa y bastante ruidosa;
abogada de profesión, amante a la escritura y de gran sazón. Luego, está mi
padre, un cocaleño que nació en el corregimiento de Payanes, Municipio de
Mosquera, departamento de Nariño; hombre de mirada inocente y ojos chiquitos,
cabellera canosa desde sus tempranos 13 años, de pensamientos liberales y
amante de la vida. De tanto verlos todos los día les conozco sus mañas. Conozco
cómo suena el zapateo de mi padre en las mañanas cuando se levanta a orar,
conozco el caminar apresurado de mi madre porque, si algo detesta, es llegar
tarde. Conozco incluso sus expresiones y sus volúmenes de voz, sus tonalidades,
sus aromas, sus estilos y sus gustos; inevitablemente puedo decir que les
conozco, y supongo que ellos a mí.
En algún momento de mi niñez deseé
ser parte de esas familias de portada, sí, esas que tienen grandes sonrisas,
tres hijos; configuración perfecta, y un Golden retriever de cabellos
relucientes que, por supuesto, no puede faltar. Este ideal ha formado parte importante en el
imaginario colectivo de la familia estadounidense, que por su peculiaridad y,
tal vez aparente perfección, ha traspasado fronteras, incluso, permeado mentes
jóvenes, niños de nueve años, como yo en aquella época. Por otra parte, La familia
colombiana se distingue más por la cantidad de sus miembros; tíos, tías,
abuelos e incluso primos lejanos suelen formar parte también de ese “pequeño”
núcleo familiar. No es que
estuviera descontenta con mi familia, al contrario, ser hija única me venía en
gracia. Sin tener a nadie más, aún así me las arreglaba. Las Barbies se
convirtieron en mis aliadas, y los berrinches interminables en el centro
comercial, mi técnica. No es que fuera malcriada y berrinchuda, no, no se
confunda, pero bien se sabe que así como los mayores tienen su técnica; los
niños desarrollan un instintivo poderoso, y sin más, me salía con la mía. Pero
claro, no funcionaba el cien por ciento de la veces, habían día oscuros en los
que se me hinchaban los ojos y mi garganta suplicaba que parase, no siempre
surgía efecto, al parecer llegó un tiempo en el que mis padres desarrollaron
una técnica de evasión estupenda, unos verdaderos genios.
Mi Obsesión
La mayoría de los niños tienen una
capacidad asombrosa para fijar su atención en algo, una roca, un lápiz, un
calcetín, de cualquier manera todo representa novedad. Yo, en cambio, a eso de
los 7 años desarrollé una desmesurada obsesión. Tal vez una obsesión, para un niño de nueve
años, no representaría problema alguno, es común en ellos. Al parecer la
facilidad de encantamiento hacia algo comienza desde el nacimiento y se
desarrolla en niveles distintos a lo largo de la vida. La necesidad de lamer
cualquier cosa es una manifestación de obsesiones reprimidas, el sentido del
gusto se convierte en un filtro obsesivo que desea probarlo todo; en los niños,
esto se manifiesta a través del tacto, todo lo tocan, todo lo necesitan coger,
es su forma de descubrir el mundo. Yo, en cambio, no me obsesioné con un algo o
con un alguien, más bien con una idea, con una necesidad. Las muñecas se quedaron en el rincón más
alejado de mi armario, los dulces y las palomitas de maíz, medianamente me
provocaban felicidad. Al parecer, me daba cuenta que algo me hacía falta,
necesitaba un algo o un alguien que no tuviera que tocar la puerta para entrar
y jugar conmigo, en este tiempo no comprendía con precisión qué era eso que me
hacia tanta falta, solo sabía que me obsesionaba la idea de encontrarlo.
Los Olmedo
La familia de los Olmedo Martínez
siempre ha sido incontrolablemente grande. A Mi abuela, Doña Berta Martínez,
madre de mi padre, le nacieron catorce hijos, de los que hoy en día conozco a
diez de ellos; todos hombres, menos mi tía Felisa, la patrona. Mi abuelo José
del Carmen Olmedo, pescador, médico empírico y buen bailarín, nunca le preocupó
cómo mantener tanta gallada, no tenía por qué. Todos ellos, cuenta mi padre,
vivían en un paraíso tropical, Bocas de Satinga, Nariño. En este lugar mi padre
aprendió que comida hay de sobra y que se puede repetir plato, aprendió que
dónde duermen tres caben hasta ocho, y que la familia es lo más importante. Su
casa era una choza con techo de paja y suelo de palos de chopo, su cocina
contaba, según mi padre, con las mejores cocineras de todo el pacífico
colombiano; su escuela, era salir todos los días a las cuatro de la mañana con
mi abuelo a pescar, recoger plátanos y sembrar badea; aunque sí había una
escuelita que iba hasta séptimo de secundaría, y para graduarse tenían que repetirlo tres veces.
Su entretenimiento era recoger cocos y pelar naranja, nadar en el rio y cantar
curramba en las noches de lluvia. Los aspectos
culturales y tradicionales son determinantes de comportamientos y modos de
actuar en las personas. Las costumbres acogidas por las familias del pacífico
colombiano son sustancialmente distintas comparadas con otras regiones
colombianas. Su esencia y su entidad se
conjugan a través de manifestaciones directas, su modo de actuar y comportar;
la pesca, la cocina y la danza son actividades que representan la unidad
familiar, la esencia costumbrista propia y fundamental, la necesidad de
convivencia, el trato y lazos vinculantes.
Los Escobar
Don Jorge Escobar y Doña Gloria
muñoz, nunca se casaron. Vivieron por muchos años una relación idílica en la
que les nacieron siete hijos, la última de ellos, fue mi madre. Se vinieron
desde Popayán en los cincuenta, a Cali; mi abuelo se dedicó a la carpintería y
mi abuela a trabajar en la clínica Juan XXIII, dicen que, su sazón conquistaba
los corazones de los pacientes. Cuenta mi madre que la abuela Lola, como yo le
decía de cariño, era de las más estrictas, pero yo no le creo, la historia
conmigo fue otra. Existe,
peculiarmente, una línea distintiva para el trato para hijos hombres e hijas
mujeres, tal vez esto sea herencia propia del patriarcado que nos antecede
radicalmente, quizá no. La mujer, como individuo con capacidad de auto
determinarse se cuestiona implícitamente, es vista de esta forma, solo, siempre
y cuando, tengan una protección y seguimiento estricto de su forma de actuar y
comportar. Mi madre no
contaba con muchos amigos, sus amistades eran rigurosamente vigiladas por mi
abuela Lola, quizá porque era la menor; mi madre, heredaba las ropas de sus
hermanas y los tenis de sus hermanos, no contaban con mucha familia, ya que
todos los demás aún vivían en Popayán, pero ciertamente eran felices los nueve,
más lulú, su mascota.
La noticia
Sí algo he de rescatar en mis padres
es su increíble astucia para ocultar cosas. Su inusitado esoterismo los
identifica, como dirían ahora, comen bien callados. Nunca comprendí cómo lo
hacen, pero simplemente lo logran. Recuerdo bien aquella vez en que ellos por
fin comprendieron el extraño caso de soledad que yo había estado vivenciando, y
decidieron, contra todos su ideales, posiblemente considerar la compra de una
mascota. No cualquier mascota, de hecho ya habíamos hecho varios intentos. Mi
madre fue la precursora de las tres primeras generaciones de pez Cleo, todos
ellos murieron por cuestiones que no mencionaré. Mi padre, intentó con libros,
si bien suena disparatada la idea, para mi padre los libros representaban la
mejor compañía. Yo, por mi parte quería intentar con algo nuevo, un perro. Por
qué no? En las películas se veía algo realmente fácil de manejar, la idea de un
perro en la familia constituía un ideal de felicidad que ningún pez o libro, yo
creía, podían darme. El primero en oponerse fue mi padre, a pesar de que el era
un hombre de campo y espacios libres, su posterior urbanismo lo dependió.
Ciertamente las primeras palabras al mencionarle mi deseo, no eran felicidad ni
cariño, eran más bien heces, orina y mugre. A pesar de esto, él se dio la oportunidad
de ir a conocer posibles prospectos, fuimos a las afueras de Unicentro, antes
solían vender pequeños cachorros y esto no era tan mal visto como lo es ahora,
antes ni siquiera se consideraba la idea de adopción en vez de compra. Mi
corazón latía a mil porque estaba enteramente convencida que ese sería el día.
Me fijé en uno pequeño de piel delgada y orejas inmensas, no era de mis
favoritos, yo esperaba uno grande como el Golden retriever que tenía mi
imaginativo, pero ante la negativa de mi padre decidí conformarme con el
pequeñín. Fueron los segundos más emocionantes de mi vida, aunque no duraron
mucho, mi padre al terminar de pronunciar las palabras de todo buen comprador
–en cuanto me lo deja- no supe qué extraña fuerza invadió su aparente decisión,
que al instante cambió de parecer, arranco el carro, y con una velocidad
fulminante nos apartó a mí, al cachorro, al vendedor, y pisoteó mis
materializadas esperanzas, de ahí solo recuerdo mi inconsolable llanto. En
últimas esto solo representaría una serie de acontecimientos que confabularon y
permitieron, de algún modo enigmático, la llegada de mi hermano a nuestras
vidas.
ENSAYO FINAL CORREGIDO
Meu irmão
La
vida en familia como primera institución social puede llegar a ser rutinaria,
sistemática, incluso, bastante predecible. Desde que tengo memoria he convivido
con mis padres. Elizabeth Escobar, mi madre, una caleña de cincuenta y tantos
años que parece de treinta, con una personalidad burbujeante, una risa
contagiosa y bastante ruidosa; abogada de profesión, amante de la escritura y
de gran sazón. Luego, Santos Olmedo, mi padre, un cocaleño que nació en el
corregimiento de Payanes, municipio de Mosquera, departamento de Nariño. Hombre
de mirada inocente y ojos chiquitos, cabellera canosa desde sus tempranos 13
años, de pensamientos liberales y amante de la vida. De tanto verlos todos los
días les conozco sus mañas. Conozco el sonar del zapateo de mi padre en las
mañanas cuando se levanta a orar, el caminar apresurado de mi madre, que
detesta llegar tarde. Conozco incluso sus expresiones y sus volúmenes de voz,
tonalidades, aromas, estilos y gustos;
inevitablemente les conozco, y supongo que ellos a mí.
En
algún momento de mi niñez deseé ser parte de esas familias de portada. Sí. esas
que tienen grandes sonrisas, tres hijos y un Golden retriever de cabellos
relucientes. Ideal que ha formado parte importante en el imaginario
colectivo de la familia estadounidense, que por su peculiaridad y, tal ves
aparente perfección, ha traspasado fronteras y permeado la mente de
adolescentes, jóvenes y niños de nueve años, como yo en aquella época. Claro,
también, documentales, comerciales y programas infantiles, reproducen esta
idea. Mientras que la familia colombiana se distingue por los tíos, las tías,
los abuelos, incluso los primos lejanos que hacen parte de ese “pequeño” núcleo
familiar.
No
es que haya estado inconforme con mi familia, por el contrario, ser hija única
me venía en gracia. Sin tener a nadie más, aún así me las arreglaba. Las
Barbies se convirtieron en mis aliadas, y los berrinches -interminables en el centro comercial-
mi técnica. No es que fuera malcriada y berrinchuda, no. No se confunda. Pero así
como los mayores tienen su técnica; los niños desarrollan un instintivo
poderoso, que me ayudó a salirme con la mía. Pero claro, a veces, existían días
oscuros, los ojos se me hinchaban y mi garganta suplicaba que parase, no
siempre surgía efecto, al parecer mis padres desarrollaron una técnica de
evasión estupenda, unos verdaderos genios.
Mi Obsesión
La
mayoría de los niños tienen una capacidad asombrosa para fijar su atención en
algo: una roca, un lápiz, un calcetín. Yo, a los 7 años desarrollé una desmesurada
obsesión. Las muñecas se quedaron en el rincón más alejado de mi armario, los
dulces y las palomitas de maíz, medianamente me provocaban felicidad. Al
parecer, me daba cuenta que algo me hacía falta, necesitaba un algo o un
alguien que no tuviera que tocar la puerta para entrar y jugar conmigo, en este
tiempo no comprendía con precisión qué era eso que me hacia tanta falta, solo
sabía que me obsesionaba la idea de encontrarlo.
Tal
vez una obsesión, para un niño de nueve años, no representaría problema alguno,
es común en ellos probar, tocar, coger, es su forma de conocer el mundo. Yo, en
cambio, no me obsesioné con un algo o con un alguien, más bien con una idea,
con una necesidad. Según Tejero (2014), las obsesiones se estructuran a partir
de ideas o pensamientos repetitivos, inquietantes, que surgen reiteradamente en
la mente de un niño. Constantemente esta idea me acusaba, al punto de volverse
molesta.
Los Olmedo
La
familia de los Olmedo Martínez siempre ha sido grande. Mi abuela, Doña Berta Martínez,
madre de mi padre, tuvo catorce hijos, de los que hoy en día conozco a diez de
ellos. Todos son hombres, menos mi tía Felisa, la patrona. Mi abuelo José del
Carmen Olmedo, pescador, médico empírico y buen bailarín, nunca le preocupó
cómo mantener tanta gallada. Todos ellos, cuenta mi padre, vivían en un paraíso
tropical: Bocas de Satinga, Nariño. Lugar donde mi padre aprendió que comida
hay de sobra y que se puede repetir plato; aprendió que donde duermen tres
caben hasta ocho; y que la familia es lo más importante. Su casa era una choza
con techo de paja y suelo de palos de chopo, su cocina contaba, según mi padre,
con las mejores cocineras de todo el pacífico colombiano; su escuela, era salir
todos los días a las cuatro de la mañana con mi abuelo a pescar, recoger
plátanos y sembrar badea; aunque sí había una escuelita que iba hasta séptimo
de secundaría, y para graduarse tenían
que repetir este grado hasta tres veces. Su entretenimiento era recoger cocos, pelar
naranjas, nadar en el rio y cantar curramba en las noches de lluvia.
Aspectos
culturales y tradicionales que determinan los modos de actuar de las personas.
Las costumbres acogidas por las familias del pacífico colombiano son
sustancialmente distintas, comparadas con otras regiones colombianas. Su esencia y su identidad se conjugan a
través de su léxico, sus mañas, sus metáforas. La pesca, la siembra, la
cosecha, la cocina y la danza son manifestaciones que, para la cultura
pacífica, definen el concepto de familia, para diferenciar el nosotros de los
otros; tipifican y distinguen quien es como yo y quien no; lo fundamental, los
lazos vinculantes.
Los Escobar
Don
Jorge Escobar y Doña Gloria muñoz, nunca se casaron. Vivieron por muchos años
una relación idílica de la que le nacieron siete hijos, la última, fue mi
madre. Se vinieron desde Popayán a Cali en los cincuenta; mi abuelo se dedicó a
la carpintería y mi abuela a trabajar en la clínica Juan XXIII, dicen que, su
sazón conquistaba los corazones de los pacientes. Cuenta mi madre que la abuela
Lola, como yo le decía de cariño, era de las más estrictas, pero yo no le creo,
la historia conmigo fue otra. Mi madre no contaba con muchos
amigos, sus amistades eran rigurosamente vigiladas por mi abuela Lola, quizá
porque era la menor, quizá porque se crió con sus hermanos varones que eran
mayoría. Ellos, sin importar su edad, no recibían esta atención tan
significativa.
En la
familia de mi madre se evidencia el trato distinto entre hijos varones e hijas
mujeres. Percepción histórica de roles y sujetos, eterno funcionamiento del
poder positivo que establece la necesidad de un dominador y de unos dominados.
La familia reproduce, directa o indirectamente, estas formas de atribución
social. “las prácticas sociales pueden llegar a engendrar ámbitos de saber que
no solamente hacen aparecer nuevos objetos, conceptos, técnicas, sino que
además engendran formas totalmente nuevas de sujetos” (Foucault, p. 28 1973,
citado por Chuca 2015). La mujer, como sujeto producto de construcciones
sociales, se ve históricamente dominada, se confronta a un status de subordinación frente a sus pares hombres que, de cierta
forma, gozan de una libertad más absoluta. Pero,
ciertamente eran felices los nueve, más lulú, su mascota.
La noticia
Sí
algo rescato de mis padres, es su increíble astucia para ocultar cosas. Su
inusitado esoterismo los identifica, es decir, comen bien callados. No
comprendo cómo lo hacen, pero lo logran. Recuerdo el día que ellos por fin
comprendieron el extraño caso de soledad que yo sentía, y decidieron, contra
todos su ideales, considerar la compra de una mascota. No cualquier mascota. Mi
madre fue la precursora de las tres primeras generaciones de pez Cleo, todos
ellos murieron. Mi padre, intentó con libros, si bien suena disparatada la
idea, para mi padre los libros representaban la mejor compañía. Yo, por mi
parte quería intentar con algo nuevo, un perro. ¿Por qué no? En las películas
se veía fácil la idea de un perro en familia, constituía un ideal de felicidad.
El primero en oponerse fue mi padre, a pesar de que él era un hombre de campo y
espacios libres, su posterior urbanismo lo cambió. Las primeras palabras al
escuchar mi deseo, fueron: heces, orina y mugre. A pesar de esto, él cedió y
fuimos a conocer posibles prospectos en las afueras de Unicentro. Mi corazón
latía a mil porque estaba convencida que ese sería el día. Me fijé en uno
pequeño de piel delgada y orejas inmensas, no era de mis favoritos, yo esperaba
uno grande como el Golden retriever que tenía mi imaginativo, pero ante la
negativa de mi padre decidí conformarme con el pequeñín. Fueron los segundos
más emocionantes de mi vida, aunque no duraron mucho, mi padre al terminar de
pronunciar las palabras de todo buen comprador “en cuanto me lo deja”. No supe
qué extraña fuerza invadió su aparente decisión, que al instante cambió de
parecer, arrancó el carro y, con una velocidad fulminante, nos apartó a mí, al
cachorro y al vendedor; así pisoteó mis materializadas esperanzas, de ese
instante recuerdo mi inconsolable llanto. Yo sentía que este pequeñín llenaría
la ausencia constante que sentía, quizá en mi imaginativo él representaba la
satisfacción de esta necesidad oculta que aún no había descifrado.
Recuerdo
aquel día en que lo supe todo. Tan solo contaba con ocho años pero fui lo
bastante madura para entender la situación, o por lo menos eso creía. Fue un
Martes del mes de Abril, de la cocina salían susurros muy parecidos a la voz de
mi padre, escuché también a mi Madre hablando en el fondo. Se preguntaban en
qué manera me lo dirían, cómo lo iba a tomar, si funcionaría. Al principio,
pensé que se trataba de cosas de adultos, que no tenía porque ocupar mi cabeza
en eso, pero luego escuché que me mencionaron. Inevitablemente mi curiosidad se
elevó y al minuto me vi en la puerta de la cocina; siempre he sido de baja
estatura, entonces hacía mi mayor esfuerzo por apoyarme de puntitas para poder
verle las caras a mis padres y descifrar la intrigante situación. Mi aventura
como detective duró pocos minutos, porque mi padre, sin yo verlo, salió por la
puerta del costado y se notificó que yo estaba pendiente de lo que sucedía en
la cocina, me llamó y me preguntó si me gustaría saber de que hablaban, sin
titubear dije que si. Tendrás un hermano, dijeron.
Las tías
Mi padre perdió a mis abuelos hace muchos años. A pesar de su
muerte su recuerdo sigue vivo en nuestros corazones. Ahora, los pilares, o si
se quiere llamar, columna vertical de la familia Olmedo Martínez, son las tías.
Si, así se les llaman, son tres comadres que parecen una sola. Todas con
distinta personalidad, formas de bailar, todas Chef empíricas pero, sobretodo,
con grandes corazones. Ellas: Adela, Colombina y Antónia representan el centro
y unidad de la familia, la sabiduría ancestral y realmente el amor
incondicional materializado en tres mujeres. Cada una de ellas aportó para la llegada de mi hermano a nuestras
vidas: Colombina, atravesó el océano pacífico en una barca, hecha de pino,
asegurándose que mi hermano, de tan solo 4 meses, llegara sano. Me cuenta que
lo cargó en sus brazos durante todo el viaje. La tía Antonía, lo tuvo durante
una semana después de que el llegó a Cali. Lo alimentó y le cantó canciones de
cuna todas las noches. La tía Adela, le tejió ropitas y una manta de color azul
rey, que hoy en día aún conserva.
Novedad
Mi hermano no nació como cualquier niño en un hogar convencional.
A mis nueve años le conocí. No entendía exactamente como llegó, esperaba ver a
mi madre con la gran panza, los cambios, los preparativos, así como en las
películas, pero no fue así; fue distinto, fue especial.
Él Nació el 19 de agosto de 2005, y cuatro meses después de su
nacimiento comenzó a convivir con su verdadera familia, la mía. Su madre, la
señorita Filoberta Nuñez, prima lejana de mi padre, durante toda su vida se ha
esmerado en procrear y dar a sus hijos. Mi padre se enteró de este suceso y
determinó que el próximo hijo varón que ella tuviera, sería nuestro. Le admiro
su determinación, mi madre en cambio, era un poco más escéptica, pero hoy en día
ama con desbordado amor a mi hermano. Santiago Olmedo Escobar, fue registrado
con el nombre de Juan David Nuñez, pero al verlo supimos que ese nombre no iba
con su personalidad. La primer vez que lo tuvimos en nuestros brazos, tenía un
gran afro de un negro resplandeciente, unos ojos color canela, tímido y dormilón. Nos aprendió a conocer
y hoy en día forma parte de esta
institución, que como lo dije al principio, es rutinaria e incluso bastante
predecible, pero que, cuando menos lo esperamos, trae increíbles novedades.
Así las cosas, ¿realmente existen familias
convencionales?. Lo convencional no pertenece a una normalidad única ni
específica, esta se construye desde un conjunto de percepciones individuales
que aspiran lo mismo. Nuestra normalidad era la idea de hacer parte de la
familia, alguien que por sangre no lo era. La inclusión fue y es nuestra
normalidad. Entendimos que no solamente se gesta físicamente, sino que hay
familias que gestan en su corazón. Así como la mía, existen familias que
moldean su normalidad fuera de cánones y patrones preestablecidos, que se guían
por una fuerza en común, el amor.
Referencias
Bibliografías
CHUCA,
A. (2015) Foucault y la antropología
filosófica. En: Questión, Revista de la Facultad de Periodismo de
la Universidad Nacional de La Plata. Vol.1, n°46. Pp.1-16.
Tejero, B.
(2014). Psiceduca. [Homepage]. Recuperado el día 13 de Mayo de 2016 de la World
Wide Web: http://www.psiceduca.es/manias-y-obsesiones-en-los-ninos/
El autor relata la historia de su familia, las características que desde el punto de vista de ella diferencian la cultura del pacifico con las del resto del país. También sobre hechos que marcaron su vida y los sentimientos que dejaron dichos acontecimientos como la llegada de su hermano, porque conocer de dónde venimos es importante ya que nos da la identidad que nos diferencia de otras personas, partiendo desde la cultura a la que pertenecemos hasta nuestra forma de ser. Sin embargo, las ideas planteadas por el autor no se encuentran ordenas, tiene palabras mal escritas y mal manejo con los signos de puntuación.
ResponderEliminarPilar Cristina Benitez
Sara Melissa Vallejo
Universidad Nacional de Colombia
Primer semestre