La lectura del escrito de Héctor Abad faciolince, confieso, es
bastante agradable. Su lenguaje es muy familiar y permite establecer un tipo de
relación directa con el lector. A pesar que su continua afición por los
detalles puede presentar molestia en cierto tipo de lectores, puedo decir que
me identifico mucho con esta técnica que maneja, porque encamina fácilmente al
retrato contado de sus recuerdos.
El capítulo siete, específicamente, no es más que el análisis de
la coyuntura social y política, que en esa época, se daba en Medellín y
consecuentemente en Colombia, a través de la perspectiva de un niño que mira
con los ojos de su padre. Digo esto, porque el autor continuamente se encuentra
permeado de las ideologías liberales y pensamientos revolucionarios de su
padre, quien, para él, representaba una figura digna de admirar, no solo por
sus logros, sino, también, por su sentido social y humanitario.
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